Hay varías especies del Aloe Vera con composiciones químicas muy similares, aunque los terrenos y climas pueden hacerlas variar en algunos principios activos y, sobre todo, en las concentraciones de los mismos.

El áloe es original de las zonas secas y calurosas africanas, pero su buena adaptación al cultivo en terrenos poco exigentes la ha extendido por amplias zonas, especialmente en Estados Unidos y también en España en la zona de Canarias y Almeria

El uso del áloe como planta medicinal se remonta a las primeras noticias escritas que tenemos sobre botánica y fitoterapia; sus virtudes fueron muy apreciadas por los antiguos, apareciendo codificada en numerosos textos clásicos. Cabe destacar que los árabes introdujeron su uso y cultivo en muchas zonas de su dominio o mediante el comercio. En España existen abundantes referencias y bibliografía sobre cultivo y aprovechamiento de esta planta por parte de los árabes, pasando a formar parte de la fitoterapia tanto popular como académica.

Ya antiguamente se extraía del áloe una sustancia muy valiosa: el acíbar. Se trata del jugo de sus hojas logrado mediante incisiones y que, tras evaporarse el agua que contiene al calor del sol o mediante fuego moderado, se transforma en una sustancia espesa, sólida, de color oscuro y de sabor extremadamente amargo. El acíbar formaba parte de muchas fórmulas de la antigua farmacopea, siendo especialmente valioso el Aloe soccotrina procedente de Arabia (isla de Socotora).

El acíbar es un purgante por excelencia. Su venta en las antiguas boticas se hacía en forma de sellos y papelinas, pues su dosificación ha de ser siempre precisa debido a su efecto drástico. Debe recordarse que esta planta, a dosis de 8 gramos, puede resultar mortal. Nunca debemos sobrepasar las dosificaciones indicadas para uso interno (0,5 g. día). En cualquier caso observaremos las reacciones individuales. A dosis bajas actúa como un digestivo colagogo, favoreciendo la recuperación de mucosas digestivas dañadas con su efecto tónico (0,02 a 0,06 g. día).

El áloe se preconiza como un antiulceroso demostrado clínicamente. En el tubo digestivo incrementando la dosis, actúa como laxante y, si se eleva todavía más, como purgante. Como laxante suele tomarse por las noches, pues su efecto se manifiesta a partir de las ocho horas. Como purgante, al igual que todas aquellas plantas que contienen derivados antraquinónicos, su uso prolongado puede disminuir la sensibilidad del intestino, siendo necesario aumentar la dosis.

Poco conocido es que el áloe cuenta también con acción antidiabética, aunque no suele utilizarse en este sentido.

Debido a lo complejo de su dosificación, el áloe suele recomendarse siempre altamente diluido, en forma de jarabes estabilizados, cápsulas o comprimidos con otras sustancias que permiten una toma adecuada según el efecto que pretendamos alcanzar.

Entre nuestros antepasados esta planta fue muy utilizada en aplicaciones tópicas para el tratamiento de la piel, habiendo sido recuperada en la actualidad para la industria cosmética.

Uno de los efectos más apreciados por los antiguos fitoterapeutas fue la acción vulneraria: su gran capacidad para recuperar los tejidos dañados, úlceras y heridas la hizo insustituible en muchos botiquines militares. Desde las picaduras de insectos a las irritaciones simples, el áloe es un buen aliado para estar también en nuestro botiquín casero en forma de crema o pomada.

Hay que tener en cuenta que si el jugo fresco puro aplicado sobre la piel sana puede resultar irritante, mucho más sobre tejidos dañados o inflamados, por lo que conviene usarlo con una base cosmética. En algunas zonas el áloe se utiliza como remedio específico contra las quemaduras; también las escoceduras de los niños y diversos tipos de dermatitis pueden beneficiarse de este producto.

Encontramos el áloe en muchos bronceadores, pues además de su efecto general sobre la piel, actúa como un filtro solar. También las cremas para después de la exposición solar pueden contener áloe: refresca y rehidrata la piel.

Esta función hidratante se aprovecha en cremas de tratamiento regeneradoras, jabones, geles de baño, aceites corporales, etcétera.

En aplicaciones locales debemos recordar la gran eficacia de los enjuagues bucales de áloe para tonificar las encías, así como en las amigdalitis crónicas y las irritaciones leves, faringitis, problemas de amigdalas, etc.; en los gargarismos produce un alivio inmediato.

 

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