En los últimos años el interés por la microbiota humana y en concreto la microbiota intestinal, ha aumentado sorprendentemente. Éste fascinante y diverso ecosistema está compuesto principalmente de bacterias, arqueas, hongos y parásitos responsables de la síntesis de múltiples hormonas, vitaminas y compuestos bioactivos. Para su sorpresa, este complejo de bacterias, arqueas, hongos y parásitos contiene diez veces más células que el cuerpo humano y ciento cincuenta veces más genes que el genoma humano. Gracias a los avances en la tecnología genómica, se ha descubierto el 75% de la composición de la microbiota intestinal de un adulto sano, la cual está compuesta predominantemente por especies de Firmicutes y Bacteroidetes.
La microbiota intestinal cambia a lo largo de la vida. Hasta hace poco se creía que el tubo digestivo del feto era aséptico hasta su nacimiento, donde se colonizaba mediante el contacto con el tejido vaginal o la piel (en caso de cesárea) y la leche materna. Recientemente, Borre YE et al., han demostrado que un inóculo inicial de bacterias es transportado al feto mediante la vía sanguínea y la placenta. Tras el nacimiento, los primero microorganismos que se instalan en el tracto digestivo del bebé son anaeróbicos facultativos como el Streptococcus, y una vez que estas especies consumen el oxígeno de la zona, crean un ambiente anaeróbico ideal para especies como el Clostridiumo Bifidobacterias. Hasta los dos años, la dieta y la leche materna son los factores que más afectan a la composición de la flora intestinal, que cambia continuamente. A partir de los dos años y durante la época adulta (sana), la flora se mantiene sin gran alteración hasta la vejez. No obstante, ocurren pequeños cambios en la flora intestinal a lo largo de la vida debido a la genética, estilo de vida (sedentario o activo, contaminación en la zona, estrés, dieta, etc), intervenciones médicas (uso de antibióticos, vacunas e higiene) y estado de salud. De todos los factores, se considera que más del 50% de la variación en la flora intestinal está relacionada a cambios dietéticos y es por ello que la dieta será el centro de interés de este artículo. Además, dado este alto porcentaje, muchas personas están dispuestas a usar la dieta como intervención para un cambio de microbiota intestinal con un fin terapéutico concreto.

La flora intestinal juega un papel esencial en la salud del huésped, modelando la función del sistema inmunitario, metabolizando nutrientes procedentes de la dieta y medicamentos, digiriendo fibras y sintetizando vitaminas y moléculas bioactivas. Una alteración en la microbiota humana puede causar un estado de disbiosis, caracterizado por un crecimiento en el número de microrganismo patógenos con el potencial de alterar la función de la barrera protectora intestinal y como consecuencia ocasionar una inflamación crónica en la zona. Como consecuencia, se pueden dar ciertos trastornos metabólicos e inflamatorios, dolor visceral y alteraciones en el sistema nervioso central, afectando a la función cognitiva y de comportamiento. Como es evidente, la población de microorganismo en nuestro cuerpo se alimenta de lo que comemos. Una reducción o alteración en la dieta reduce la cantidad de substratos disponibles para el crecimiento microbiano, facilitando así un estado de disbiosis.

Numerosos estudios relacionan diferentes dietas con una flora intestinal determinada tanto en animales como en humanos. Lo que es indudable, es que desde hace unos años las dietas son más ricas en grasas saturadas, azucares refinados y aditivos sintéticos. Esto, junto a una vida más sedentaria y el incremento de la contaminación global, ha llevado a un cambio general de la microbiota intestinal, con una mayor incidencia de trastornos de inflamación crónica como enfermedades cardiovasculares, digestivas, obesidad, alergia, depresión, diabetes y enfermedades autoinmunes.

Pautas alimentarias como las dietas ricas en frutas, verduras, legumbres, grasas poliinsaturadas, cereales integrales y pseudocereles dan como resultado un consumo alto en fibra que lleva al incremento de especies productoras de butirato, un ácido graso de cadena corta (AACC) beneficioso para la salud, además de promover la diversidad de la flora. Por otra parte, y de forma menos deseable, dietas ricas en proteína animal tienen el efecto opuesto en cuanto a la producción de AACC, además de un incremento en especies con actividad proteolítica. Por otro lado, una dieta rica en grasa animal estimula la producción de ácidos biliares, lo cual favorece el crecimiento y desarrollo de aquellas especies con la capacidad de metabolizar ácidos biliares y/o reducir la diversidad y concentración de la flora dado el comportamiento antimicrobiano de dichos ácidos. Este estado conduce a un incremento de la permeabilidad de la pared intestinal (con un estado crónico de inflamación debido a un mayor acceso de lipopolisacáridos en sangre), y a una capacidad mayor para acumular y almacenar energía e inflamación.

Además, el desequilibrio energético observado en enfermedades como la obesidad, la anorexia nerviosa o una malnutrición aguda severa está relacionado con una alteración de la flora. La flora intestinal está implicada en la regulación del metabolismo energético mediante la digestión de polisacáridos indigeribles. Como resultado, AACC son liberados y cumplen múltiples funciones: fuente de energía para colonocitos que influyen en la sensibilidad de la insulina, reducir la acumulación de grasa, mejorar la movilidad intestinal, la absorción de nutrientes y activar el sistema inmunitario. Otra forma de modular el metabolismo energético, además de la liberación de AACC, es mediante la estimulación del depósito de triglicéridos en adipocitos, la activación de la síntesis de triglicéridos y colesterol, lipogénesis e inhibición de la oxidación de ácidos grasos,
quetogénesis y consumo de glucosa.

Para finalizar, es interesante destacar la relación entre gastrointestinal, microbiota y cerebro. Como se ha mencionado anteriormente, la flora intestinal es capaz de sintetizar moléculas bioactivas (neurometabolitos, vitaminas y AACC). Muchas de estas moléculas, como la serotonina y GABA, son neurotransmisores, es decir, tienen la capacidad de modular las señales neuronales dentro del sistema nervioso entérico (SNE) y como consecuencia afectar la función cerebral y el comportamiento del huésped. Otros trastornos neurológicos asociados con la inflamación crónica por una disbiosis de microbiota intestinal son la depresión y la demencia. Burokas A et al., presenta una relación entre estados de ansiedad y una disbiosis intestinal. Dados los numerosos trastornos neurológicos asociados a la disbiosis intestinal, las intervenciones con dieta (como por ejemplo un incremento de hasta 60 gramos diarios de fibra recomendado por la organización mundial de la salud) y probióticos (principalmente Lactobacillus y Bifidobacter), también conocidos como “psycobióticos” están siendo cada vez más usadas por especialistas.

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